17.5.08


A veces pienso que, como escritor, tengo - al menos eso creo, porque no estoy seguro de tenerla del todo, uno nunca puede estar seguro acerca de estas cosas; llegados a este punto, el lector se debe preguntar qué es lo que tengo o dejo de tener; éste es el problema de las interrupciones en una narración: se convierten fortuitamente en devaneos del escritor que nunca sabes cómo pueden acabar, porque éste da por supuesto que el lector sabe, o por lo menos se imagina, cómo va a acabar la frase que acaba de dejar a medias, lo que, a su vez, le permite intercalar a veces parrafadas harto extensas y del todo ajenas a lo que sería lógico y suficiente para una sencilla comprensión del relato en cuestión, de modo que se hilvanan en la escritura pensamientos aparentemente faltos de una adecuada correlación pero que, por mor de la escritura misma, adquieren una hilazón que les confiere un sentido de unidad, o, si queremos expresarlo en términos más sencillos, al entrelazar fragmentos de pensamiento dispersos en un mismo párrafo, el texto resultante acabará por observar una cierta comunión entre ideas que en un primer momento nos parecerían muy remotas y que carecerían incluso de interés a la hora de determinar lo que se nos está contando; ya que, si bien es cierto que como lectores nos arrogamos el deber de conceder cierta validez o credibilidad a lo que hemos elegido leer, no lo es menos el hecho de que por estar un texto escrito ya participa de una serie de atributos como por ejemplo un cierto orden y una cierta conexión lógica entre sus distintas partes; porque, claro está, no sería la primera vez que nos encontramos que un texto que parece totalmente caótico y arbitrario se nos revela, finalmente, como dotado de armonía al verlo acabado por completo – cierta dificultad para terminar las frases.