16.6.08

Recogiendo cosas que se caen al suelo

Y se cayó la flecha del frigorífico. Estaba en la cocina de su casa, en la hora de la siesta, con un calor abrasador que le hacía estar casi desnudo. Inmediatamente la recogió y trató de ponerla en su sitio.

Y se cayó la flecha del frigorífico. Era verde, de plástico, pequeña, y pertenecía a uno de sus sobrinos; cuyos juguetes yacían o reposaban por cualquier lugar de la casa. Probablemente era uno de los muchos regalos que les habían hecho, uno de esos conjuntos de diana y flechas asequibles en cualquier todo a cien. Diana... ese nombre le traía recuerdos.

Y se cayó la flecha del frigorífico. Y no sólo a la canción homónima de Paul Anka. La flecha no encajaba en su sitio, que supuestamente estaba rodeando a un imán que sujetaba una foto de cuando era un bebé. En ella estaba en el suelo, también casi desnudo, en lo que debía ser el patio de una de las varias casas en las que recaló su sombra; sonriendo a cámara mientras retozaba con el agua de un barreño rojo. Su madre le había dicho que sólo se reía cuando jugaba con el agua.

Y se cayó la flecha del frigorífico. La flecha y el imán se repelían. Diana era el nombre de uno de sus ¿muchos?, amores platónicos, recordó. La había conocido en el instituto, cuando quería ser informático y consecuentemente acabó entrando en filología inglesa a los pocos años. Aunque era muy niño en la foto, aún le parecía recordar el patio donde estaba. Era el de una casa en la playa, que siempre le había producido una especie de fascinación; debía ser por el agua.

Y se cayó la flecha del frigorífico. Súbitamente se dio cuenta de que, si la flecha y el imán se repelían, debía ser porque la flecha tenía otro imán. Asegurado de esto, se limitó a pegarla en otro sitio. Pero el instituto acabó, dejó de ver a Diana un tiempo y ya sólo se encontraba con ella en carnavales y fiestas de guardar; donde le profesaba una admiración secreta y no confesada. Pero se acabó la casa en la playa; sus padres la vendieron y volvieron al pueblo donde no había playa ni piscinas ni mangueras en su casa. Ya volvía al comedor, volvía a su vida de siempre, lejos de cosas que ya se habían perdido pero que aguardaban pacientemente a que una flecha se cayera; a que alguien pensara que nunca faltará una mano que nos recoja y nos devuelva al frigorífico.