Nuevo tipo de crimen
- Cuéntemelo de nuevo, y esta vez con todos los detalles - dijo un entre asombrado e incrédulo comisario Jiménez a la mujer que tenía al otro lado de la mesa de interrogatorios. Era una señora madura pero de buen ver, de labios dulces. Le gustaba pintarse las uñas mientras veía House y hacer figuras con bastoncillos.
- Le aseguro que yo no maté a ese hombre, señor comisario. Solo quedamos para un masaje sensual en su casa, nada más. Supongo que las cosas se precipitaron después de que me fuera. En todo caso, no hicimos nada que él no quisiera, aunque...
- Más despacio, paso por paso, y con orden - cortó el comisario. Si fuera a ocupar un lugar importante en la narración, diríamos que era un hombre de unos cuarenta años, de bigote entrecano, complexión fuerte y cejas pobladas. Pero como no es el caso, tampoco añadiremos que en su juventud recorrió España a lomos de un burro; ni que era aficionado a completar sudokus con los dedos de los pies.
- Está bien - continuó ella. Al poco de llegar, después de pagarme, me rogó que me desnudara. El hizo lo propio y se tendió boca abajo en la cama. Me pidió que me sentara encima y empezara con un masaje relajante. Al cabo de media hora o así, pasé al trasero y se hizo erótico. Terminamos copulando porque él estaba muy enardecido, por decirlo así.
- ¿ Qué ocurrió después ?
- Me fui al aseo y empecé a ducharme - aquí vendría bien una pausa dramática, o quizás una descripción más detallada de lo que hizo en la ducha, mas este no es de ese tipo de relatos. Cuando terminé, cogí una toalla y empecé a secarme. El problema es que cuando llegué al ano olvidé que había hecho de vientre hace poco, y la toalla quedó marrón, usted entiende...
- Sí - dijo el comisario, haciendo unos esfuerzos demasiado evidentes por contener la risa.
- Así que imagínese a mí tratando de limpiar aquello con agua, jabón, toallitas y todo lo que encontré a mano. Cuando el resultado me pareció satisfactorio, dejé la toalla en su sitio, me despedí y me fui.
- ¿ Eso fue todo ?
El muerto había aparecido tumbado boca arriba, llevando solo unos pantalones y con la toalla sobre el pecho, en un gesto de estupor.
- Creo que sí.
- Olvidó usted un detalle en su limpieza: el olor. Le contaré lo que creó que pasó - continuó el comisario, mientras movía los dedos de los pies con fervor. El sudoku del asesinato se estaba completando poco a poco. - Era un hombre mayor, y todo parece indicar que falleció a causa de un infarto. Lo adivino así: cuando usted se fue, empezó a poner en orden su habitación. Limpió un poco, barrió, cambió las sábanas... y al hacerlo se impregnó de su perfume, aún candente - el comisario tenía gustos literarios -. No cuesta nada imaginarse que, embriagado por la esencia sensual, se dirigió al aseo con el propósito de arreglarlo. Allí se encontró con su toalla, que recogió con extrema delicadeza. Lentamente, como quien coge un objeto sagrado, se la acercó a la nariz, y cuando se disponía a deleitarse con una insólita fragancia de amor, deseo y dulzura; se topó con su insoportable olor a mierda. El corazón se le tuvo que parar en ese momento.
- No sé qué decir - dijo ella.
- Yo tampoco- prosiguió el comisario.- En mis más de veinte años de carrera, no vi cosa igual. Pero aún tiene que aclararme una cosa. No me ha contado por qué en la escena del crimen aparecieron unos bastoncillos para los oídos formando raras figuras. Lo investigamos, resultando que eran letras del alfabeto cirílico. En búlgaro, se podía leer: "Y mi mancha caerá sobre ti".
- Le aseguro que yo no maté a ese hombre, señor comisario. Solo quedamos para un masaje sensual en su casa, nada más. Supongo que las cosas se precipitaron después de que me fuera. En todo caso, no hicimos nada que él no quisiera, aunque...
- Más despacio, paso por paso, y con orden - cortó el comisario. Si fuera a ocupar un lugar importante en la narración, diríamos que era un hombre de unos cuarenta años, de bigote entrecano, complexión fuerte y cejas pobladas. Pero como no es el caso, tampoco añadiremos que en su juventud recorrió España a lomos de un burro; ni que era aficionado a completar sudokus con los dedos de los pies.
- Está bien - continuó ella. Al poco de llegar, después de pagarme, me rogó que me desnudara. El hizo lo propio y se tendió boca abajo en la cama. Me pidió que me sentara encima y empezara con un masaje relajante. Al cabo de media hora o así, pasé al trasero y se hizo erótico. Terminamos copulando porque él estaba muy enardecido, por decirlo así.
- ¿ Qué ocurrió después ?
- Me fui al aseo y empecé a ducharme - aquí vendría bien una pausa dramática, o quizás una descripción más detallada de lo que hizo en la ducha, mas este no es de ese tipo de relatos. Cuando terminé, cogí una toalla y empecé a secarme. El problema es que cuando llegué al ano olvidé que había hecho de vientre hace poco, y la toalla quedó marrón, usted entiende...
- Sí - dijo el comisario, haciendo unos esfuerzos demasiado evidentes por contener la risa.
- Así que imagínese a mí tratando de limpiar aquello con agua, jabón, toallitas y todo lo que encontré a mano. Cuando el resultado me pareció satisfactorio, dejé la toalla en su sitio, me despedí y me fui.
- ¿ Eso fue todo ?
El muerto había aparecido tumbado boca arriba, llevando solo unos pantalones y con la toalla sobre el pecho, en un gesto de estupor.
- Creo que sí.
- Olvidó usted un detalle en su limpieza: el olor. Le contaré lo que creó que pasó - continuó el comisario, mientras movía los dedos de los pies con fervor. El sudoku del asesinato se estaba completando poco a poco. - Era un hombre mayor, y todo parece indicar que falleció a causa de un infarto. Lo adivino así: cuando usted se fue, empezó a poner en orden su habitación. Limpió un poco, barrió, cambió las sábanas... y al hacerlo se impregnó de su perfume, aún candente - el comisario tenía gustos literarios -. No cuesta nada imaginarse que, embriagado por la esencia sensual, se dirigió al aseo con el propósito de arreglarlo. Allí se encontró con su toalla, que recogió con extrema delicadeza. Lentamente, como quien coge un objeto sagrado, se la acercó a la nariz, y cuando se disponía a deleitarse con una insólita fragancia de amor, deseo y dulzura; se topó con su insoportable olor a mierda. El corazón se le tuvo que parar en ese momento.
- No sé qué decir - dijo ella.
- Yo tampoco- prosiguió el comisario.- En mis más de veinte años de carrera, no vi cosa igual. Pero aún tiene que aclararme una cosa. No me ha contado por qué en la escena del crimen aparecieron unos bastoncillos para los oídos formando raras figuras. Lo investigamos, resultando que eran letras del alfabeto cirílico. En búlgaro, se podía leer: "Y mi mancha caerá sobre ti".

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