Palabras sueltas
Te veo oyendo la radio, la radio dice: Mírame, y en lo más hondo de mi ser, garabatos sin saber por qué. Remolinos de sal, viento que huye, configuraciones en la arena... Oyes la radio, me ves, cada poro de mi piel, se activa la ventana, emisión a toda onda, viento en popa, no corta el mar sino vuela, un vuelo a tu nevera. Y en medio de todo esto, el velero, el sueño que nos despeja, sabiendo que sí, que somos así, que no podía ser de otra manera. Pensando esto, oyendo lo contrario, realizando aquello, barcos a contracorriente, que reman y reman, así somos remados, así somos vetados. Entramos en el entresueño, entre dos dueños. Sospechamos. Tememos que venga, lo sentimos muy cerca, ya casi lo podemos tocar, aquello que se nombra pero nunca permanece. Y se atraviesa, se atolondra, nos taladra. Se ofusca, sutura. Y así vamos, volvemos ¿podemos? No estamos solos, alguien nos vigila, el susurro del nido, octava húngara, síndrome sin fin ni principio. No sabemos. No comprendemos. El aire mece y suena. Nos lleva. Se teme, se acomoda a la corriente. Y en medio, sin saberlo, la voluntad de perdurar. Siempre unidos, incapaces de ser vencidos, nos movemos, lo vemos. Se conmueve, y espera. Ya llega . Lo sentimos, se presenta, la luz que ilumina, el faro de la dicha, aquella que se desliza. A trozos. Vamos cayendo poco a poco en la pendiente del olvido, nuestros nombres no se borran, se amodorran. Y escucho, sin ver, en el antesueño. Despojos consentidos, irrisorios, volcánicos. Nadie los ve, nadie quiere verlos, son los parias de la sociedad. Entretanto, el vaivén continúa, égloga omnisciente, balada dadaísta, sublunar luminaria, eminentes patafísicos. Salvémonos. Oigamos los clarines de la redención, la plática amorosa, la suficiencia de la retirada a tiempo. Cazamos. Queremos atraparlo y destrozarlo en nuestras carnes, asesinar el deseo. Y nos abrazamos, lo conseguimos, llegamos. Aterriza la carpa de su salto... de fe? mortal? al vacío? No importa. Sí que sabemos que hemos revelado un tesoro, una inquieta fuente de insólita inagotabilidad. Surte, emana, se desprende y nos faltan manos para recoger todo lo que cae en el verso. Duerme, no razones, es irrepetible, tan sólo la ejecución de dos voluntades, que en un instante de sublime conexión alcanzaron la unidad y el unísono sentir. Unícronos unicornios. El tiempo es uno, y una es la historia.

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